domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo XXI ~

Di dos pasos, dispuesta a empezar a correr, pero mis fuerzas me abandonaron. Todo mi alrededor se movía y giraba sobre mí, el suelo se movía, ¡todo! Mis ojos se empezaron a nublar y ya no podía sostenerme más de pie por mí misma. Me caí al suelo.




¿Qué había pasado? Escuchaba el sonido de voces, pero no tenía fuerza ni siquiera para mover los párpados y ver lo que pasaba a mi alrededor. Por lo que sabía, estaba tumbada en algún sitio, aunque ni siquiera estaba segura de eso. Ya que tenía todos mis sentidos entumecidos, hice un gran esfuerzo en poder reconocer la voz de quién hablaba. Pude distinguir la dulce y chillona voz de Daisy, que le contaba a alguien que al levantarse esta mañana, estaba jugando y se tropezó, y se le cayó un diente.  Entonces, oí su maravillosa risa, que hizo que todos mis sentidos se despertaran. Ahora, con el tacto trabajando, noté en mi frente algo frío. Abrí los ojos por fin y miré a mis lados. Estaba en una cama, en no sé donde. Harry estaba sentado a mi lado, mientras Daisy gesticulaba exageradamente contándole una de sus anécdotas a Harry. Él la miraba sonriente, sin decir palabra, sólo escuchándola. Me quité la cosa que tenía en la frente para verla, era una toalla pequeña mojada de agua fría. La verdad que me hacía sentir mejor tenerla en la cabeza, así que la dejé en su sitio. Daisy, mientras seguía hablando y hablando, me vio con los ojos abiertos y me señaló. Harry se volvió, con cara de indiferencia, lo cual, no sé porque, me molestó.
-Menos mal que despiertas, bella durmiente.- bromeó Harry, girándose completamente para verme.
Yo no tenía palabras para decir, ¿también él había tomado reinoles o qué? ¿No se acordaba de lo que había pasado? Lo miraba con la boca abierta por su reacción.
-A ver.- me quitó la toalla de la frente con delicadeza, y me puso su mano sobre mi frente, al instante la apartó.- Uh, estás ardiendo, podría freír un huevo en tu frente.- sonrió, pero mi cara no tenía expresión ninguna.- Hablando de huevos fritos, tienes que comer algo, te entró una bajada de tensión, ¿desde hace cuanto que no comes?- se levantó y se dirigió para lo que a mí me parecía la cocina.
-¿Cómo lo haces?- lo miré entristecida.
-¿El qué?- se volvió, todavía con ese hoyuelo asimétrico que se le formaba cuando sonreía.
-Hacer como si nada hubiera pasado, así, sin más.- me intenté incorporar, pero mi espalda no me lo permitió.
-Bueno, cuando te arrepientes de algo que haces, lo mejor es olvidarlo y empezar de cero, ¿no crees?- me sonrió, desde la cocina. Podía ver perfectamente como rompía el huevo y lo echaba en la sartén con delicadeza.
-Yo antes pediría perdón.- dije con un hilo de voz, mientras, Daisy había ido a volver a mojar la toalla.
-Tienes razón.- movió la sartén y se limpió las manos en un trapo. Después fue a su cuarto, o eso creía, y sacó el ramo deshojado, se acercó aún con esa sonrisa tan perfecta que me hacía sentir en las nubes. Después se acercó más y se agachó un poco para que nuestras caras estuvieran frente a frente.- ¿Me perdonas?- extendió su brazo, sosteniendo el ramo.
Lo cogí y miré cada una de aquellas flores, no había ninguna rosa, ni blanca ni roja. No le respondí, me limité a mirar cada una de aquellas flores magulladas. Harry me miraba, aún más sonriente que antes. Se dio media vuelta y siguió cocinando. De repente me entró nerviosismo, huevo frito... A mí no me gustaban los huevos fritos. 
Daisy se sentó a mi lado y me colocó la toalla en la frente, suspiré de alivio, demasiado fuerte porque Harry me miró y empezó a reírse. Me puse roja e intenté ocultarme en el ramo de flores. Daisy corrió a la cocina, y empezó a dar saltitos, intentando llegar a uno de los estantes de arriba. Harry se volvió, le revolvió los pelos y le acercó un vaso. Ella lo llenó de agua y, corrió con precaución de no tirar el vaso, hacia a mí. A mi lado, había una mesita y allí lo colocó. Después, me quitó el ramo de las manos y lo puso en el vaso, de manera que todas estaban en armonía. Giró la cabeza, lo miró y me sonrió satisfecha por su trabajo. El olor a huevo frito entró por mis fosas nasales, dándome ganas de vomitar. 
-Harry..- logré incorporarme y quedarme sentada, me di cuenta de que estaba en su sofá.
-¿Sí?- ni siquiera se volvió.
-No me gustan.- Daisy se sentó a mi lado.
-¿De qué hablas?- se giró para verme.
-Los huevos fritos, no me gustan.- suspiré mirando mis pies, no quería ver como se reía de mí.
-No te preocupes.- dijo Daisy que no había hablado desde que estaba despierta.- Me lo como yo.- se levantó y fue corriendo a la barra de la cocina. 
Se subió al taburete de la barra dando unos saltitos y Harry le puso un huevo por delante y un vaso de zumo de naranja. Daisy empezó a comer y Harry se fue donde yo y se sentó a mi lado, mirándome con esa sonrisa que parecía pegada con pegamento de Loctite en su cara. Me sentía incómoda, porque, para que mentir, quería besarle. Miraba al suelo para evitar sus ojos verdes y enormes. 
-Traje tus maletas del restaurante, ya que....- se quedó un rato en pausa.- Lo siento por hacerte eso en el brazo, soy un estúpido.- se tapó los ojos con las manos. Si quería compasión por mi parte, no la iba a tener.
-Gracias.- me limité a responder. Pero verlo así... Oh dios.- Eh, ¿cuenta nueva no?- le sonreí y me permití el lujo de poner mi mano sobre su perfecto hombro.
Él miró mi mano en su hombro y después a mí a los ojos. La distancia entre nosotros iba desapareciendo, poco a poco y sutilmente. Yo ya había cerrado los ojos, esperando aquel maravilloso beso del que sí me iba a acordar, noté su respiración sobre mis labios. Sus labios y los míos apenas se rozaron, cuando Daisy se puso entre nosotros para pedir más zumo. 

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