Bien, ahora estaba perdida e incomunicada. Me senté en una de las aceras, cansada de tanto andar por sitios que desconocía sin rumbo alguno. Lo primero que se me vino a la mente fue Harry, ese momento en el que me cogió del hombro y me hizo sentir tan segura con el mínimo hecho de que estuviera allí, a mi lado. Y ahora estaba tan insegura, sola, sin saber donde estaba ni a donde ir. Después mi cabeza remontó la escena en la que abríamos la puerta y él soltaba sus llaves y el móvil y yo detrás soltaba el mío. ¡En la bandeja! ¡Estaba en la bandeja! Qué estúpida. Una idea se me vino a la mente, miré a mis lados en busca de una cabina telefónica, para mi suerte, había una a unos veinte pasos. Comencé a correr hacia ella como si la vida me fuera en ello. Cuando por fin la tenía en frente, me di un susto que casi me caigo de espaldas. Wallace estaba tirado dentro de la cabina, mirándome con una sonrisa que me dejaba ver su dentadura mellada.
-Dios mío Wallace, que susto.- me llevé la mano al corazón, como si así se fuera a calmar.
-Lo siento, no era mi intención.- dijo con la voz ronca.- Abbie, ¿verdad?
Asentí con la cabeza y marqué mi número en la cabina dándole fuerte a los botones. ¿Por qué ahora la cabina no funcionaba? Le di un fuerte golpe con el puño, furiosa con la máquina.
-Te hace falta una de estas.- de sus arapos, Wallace sacó una moneda de 25 centavos.
Rebusqué en mis bolsillos, nada, no había absolutamente nada. La próxima vez que tuviera que salir, me prepararía mejor. Resoplé y me apoyé en la cabina, desesperada por aquella situación.
-Ten, te la regalo.- Wallace me cogió la mano que estaba cerrada en un puño, la abrió con las suyas, dejó la moneda delicadamente en la palma de mi mano y la cerró con dulzura. Después me dirigió una sonrisa. Yo lo miraba boqueabierta.
Los ojos me comenzaron a brillar, por un momento pensé que iba a romper a llorar de alegría. Abracé a Wallace, olía a humedad, pero no me importaba. Con la falta que la hacía esa misera moneda y me la había dado, a mí. Estaba claro que, debajo de aquellos arapos, tenía una gran corazón.
Ansiosa, metí la moneda en la ranura y volví a marcar mi número. Esta vez, comenzó a sonar los pitidos de espera y al primero, pude escuchar la aterciopelada voz de Harry al otro lado de la línea.
-¿Diga?
-¡Harry!- no pude esconder toda la alegría que me invadía.
-¿Abbie?- se notaba en su voz el tono preocupado.- Llevas casi cuatro horas fuera.
-Por favor, ven a por mí. Me he perdido.- supliqué.
-¿Dónde estás?
Puse la mano en el micro.
-¿Dónde estamos Wallace?- susurré.
-En Wildflower Road.- respondió veloz.
-En Wildflower Road.- quité la mano del micro y lo repetí aún más rápido.
Al decir 'Road' el pitido que señalaba que la llamada había acabado, sonó.
-¿Harry? ¿Harry?- repetí varias veces.
¿Se habría enterado de donde estaba? ¿O se había cortado antes la llamada? Salí de la cabina, con la esperanza de que se hubiera enterado. Me volví a sentar en la acera. Me tapé la cara con las rodillas y volví a resoplar. Wallace se levantó y se sentó a mi lado.
-Te daría otra, pero no tengo más.
-No te preocupes, seguro que lo ha oído.- le sonreí y volví mi mirada llena de esperanza al horizonte.
El sol empezaba a ocultarse y la luna se hacía paso en aquella fría noche llena de viento. Cada vez tenía más frío y la camiseta de tirantes que llevaba no ayudaba. Una ráfaga de viento más fuerte que todas las demás sopló llevándose mi sombrero. Levanté la cabeza de mis rodillas al no notarlo en mi cabeza. Iba volando por el cielo suavemente y, poco a poco, fue bajando hasta aterrizar frente a un chico con botas, de jeans ajustados, camisa de cuadros y rizos despeinados que se agachó a recogerlo. ¡Harry! ¡Era Harry! Me levanté de un salto y fui corriendo hacia él para abrazarle. Lo abracé con todas mis fuerzas, no quería soltarlo, jamás. Al rato de reaccionar tras mi repentino abrazo, Harry me arropó entre sus musculosos brazos, no me los imaginaba así de sorprendentes. La seguridad y alegría que me recorrió el cuerpo en ese momento era indescriptible. Mi piel se erizó por dos motivos: el hecho de tenerle tan cerca y el frío que hacía. Harry notó como mi piel se erizó y mis dientes comenzaban a castañear del frío. Se quitó la camisa, quedándose con una camiseta blanca de mangas cortas y me la puso. El frío me durmió la lengua pero pude articular una palabra:
-Gracias.
-No me las des, a partir de hoy es mi trabajo cuidarte y protegerte, se lo prometí a tu padre.- me sonrió y me acarició mi mejilla que estaba pálida y sin vida por el frío. Con el simple roce de su piel, se calentó y volvió a coger color.
No sabía que decir ante aquella promesa, no me salían las palabras. Como si cada uno de nosotros tuviera una especie de imán en nosotros, los centímetros que había entre nosotros desaparecían poco a poco. La única forma que se me ocurría para responder a aquello era besándole, pero esta vez, el que se apartó fue él.
-Será mejor que nos vayamos si no queremos que cojas un resfriado.- me echó un brazo por encima y comenzamos a caminar.
-¿Ahora eres mi padre 2?- bromeé.
-Más o menos.- dijo con una sonrisa en la cara.
-Espera.- le puse una mano en el pecho para que se detuviera y me volví para ver a Wallace que nos miraba con una sonrisa en los ojos.
Me acerqué a él y me puse en cuclillas, quería agradecerle lo que había hecho por mí.
-¿Te puedo invitar a una comida algún día?- le guiñé un ojo.
-¿En serio? ¿Harías eso?- sus ojos brillaban como seguro no lo hacían en mucho tiempo.
-Claro que sí, es mi manera de agradecértelo.
-Tienes un gran corazón muchachita.
-Igual que tú.- le sonreí y le moví la rodilla cariñosamente.
Me incorporé para volver con Harry, que me miraba sonriente, con una mano metida en el bolsillo y con la otra sostenía mi sombrero. Fui hacia él dando saltitos de alegría. Harry me puso el gorro y me volvió a echar el brazo por encima del hombro. Comenzamos a andar, esta vez, con un rumbo.
Me acerqué a él y me puse en cuclillas, quería agradecerle lo que había hecho por mí.
-¿Te puedo invitar a una comida algún día?- le guiñé un ojo.
-¿En serio? ¿Harías eso?- sus ojos brillaban como seguro no lo hacían en mucho tiempo.
-Claro que sí, es mi manera de agradecértelo.
-Tienes un gran corazón muchachita.
-Igual que tú.- le sonreí y le moví la rodilla cariñosamente.
Me incorporé para volver con Harry, que me miraba sonriente, con una mano metida en el bolsillo y con la otra sostenía mi sombrero. Fui hacia él dando saltitos de alegría. Harry me puso el gorro y me volvió a echar el brazo por encima del hombro. Comenzamos a andar, esta vez, con un rumbo.
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