Corrí y corrí, hasta que creí que ya había salido del alcance Harry. Mis piernas me llevaron a Wandermere Road, frente a la casa número 316. Suspiré hondo, al fin y al cabo, tenía mis cosas allí. Di unos pasos hasta llegar a la puerta, rebusqué la llave en el macetero y abrí la puerta. Todo el olor de Harry invadió mi nariz haciéndome recordar sus palabras. Nunca lo volvería a ver, y eso, me llenaba de tristeza, obviamente. Sin ganas y perezosa, me dirigí hasta el que ahora había sido mi habitación. Abrí el armario, me metí dentro y tiré la ropa al suelo. Empecé a doblar ropa y a meterla en mi maleta, al final, lo doblé todo tan mal, que me tuve que sentar encima para poder cerrarla. Acabé tirada en la cama, muy cansada de dar botes encima de la maleta. Había algo que echaba en falta aún, mi sombrero del otro día. Rebusqué en el armario de nuevo, allí no estaba. Busqué en los estantes de la habitación, pero nada. Salí al salón, con la esperanza que estuviera en el perchero, tampoco. Serían cosas mías, seguro que lo había metido en la maleta y no me acordaba. Al pasar por el cuarto de Harry, lo vi. Estaba puesto entre sus cojines, perfectamente. Lo dejé allí, había una barrera sentimental que me hacía imposible entrar en su cuarto. Pero esto no iba quedar así, entré en el baño y cogí su tarro de colonia. Me eché un poco en las muñecas, era mi olor favorito, su maldito perfume. Me volví a tumbar en la cama, con el tarro de perfume en mi mano. Cerré los ojos, entre el entrenamiento de esta mañana, después correr hasta llegar aquí y la maleta, estaba muy cansada. En mis sueños llegaba a Londres, allí había miles de Harry, en todas las caras. ¡PUM! El portazo de la puerta me despertó. Me sobresalté y el corazón me daba tumbos, mierda, todas las luces estaban encendidas.
-¿Hay alguien? ¿Abbie? ¿Eres tú?- escuché los pasos viniendo hacia aquí.
Los ojos se me abrieron como platos, ¿por donde podía salir? Por la puerta no, me encontraría a Harry, estaba claro. Miré a todos mis lados, levantándome de la cama y cogiendo mi maleta. Los pasos de Harry cada vez se escuchaban más cerca, haciendo que yo estuviera más nerviosa. Una brisa repentina y fría entró por la ventana, ¡la ventana! Tiré mi maleta por ella, y después, con cuidado, salí por ella. Harry abrió la puerta, y me agaché rápidamente. No me había visto, bien. Escuché sus pasos de nuevo, ¿a caso me había visto? Escuché un ¡click! sobre mi cabeza, había cerrado la ventana, no me había visto. Esperé uno minutos más, por si se había quedado mirando por la ventana. Cuando ya creí que se habría ido, empecé a andar. ¿A dónde iría? Al aeropuerto, hacia un tiempo que el sol se había ocultado.
Llegué al aeropuerto, eran las dos y media de la madrugada, el sueño me estaba matando. Me acomodé en uno de los bancos frente a la puerta principal, para que cuando Josh o la entrenadora Davis entraran, los viera. Abrí un poco mi maleta y guardé el tarro de colonia dentro. Suspiré y apoyé la cabeza en el respaldar del banco. Volví a soñar con Harry, pero no pasaba nada, él solo estaba allí, mirando por la ventana de la que yo había salido. En mi sueño no pasaba nada más.
-Jones, despierta.- alguien me zarandeaba suavemente de un lado a otro.- Vamos Abbie, perderemos el avión.
Abrí los y vi a Josh deslumbrante, con una bonita camisa con anclas y sonriéndome. Froté mis ojos, mis mejillas estaban húmedas, ¿había estado llorando en sueños?
-¿Has estado llorando?- preguntó Josh mirándome.
-No, o eso creo.- dije secándomelas.
-Bueno, ¿vamos?- me enseñó dos billetes y cogió mi maleta. Intenté cogerla, pero él la apartó.- Déjame llevarla a mí, se te ve cansada.- La verdad era que sí, así que no opuse resistencia.
-¿Y las demás?- pregunté mirando a mis lados, no había rastro de las otras cinco chicas y la entrenadora Davis.
-Ah, convencí a Charlotte de que me había olvidado una cosa importante en casa, que cogería el próximo vuelo de las cinco y media, así podrías dormir más. Se te veía muy tierna y no quise despertarte.- se encogió de hombros mientras arrastraba nuestras maletas por el amplio pasillo. Enmarqué una ceja ignorando el cumplido, ¿Charlotte?- Charlotte es la entrenadora Davis, Charlotte Davis.- dijo como si hubiera leído mis pensamientos.
-Supongo que gracias por dejarme dormir un rato más.- sonreí.
-¿Te importa que haya cogido los dos sitios juntos?- me preguntó muy cortés.
-Claro que no.- le sonreí.- Mejor hacer un vuelo tan largo en compañía de algo que no sea un móvil.- intenté bromear, al parecer, funcionó y soltó una carcajada.
-Te lo decía por lo de esta mañana, ya sabes, tu amigo, novio o como lo quieras llamar.- dijo como si nada, dándole nuestro billetes y su pasaporte y después le di el mío.
-Te dije que no era mi novio.- contesté con un hilo de voz.
-Es que os besasteis en toda mi cara.- soltó una leve carcajada.
-No me besó en los labios, parecía, pero no. Ya ni siquiera somos amigos.- dije apenada, y lo estaba. Aguanté las lágrimas como pude mientras Josh montaba nuestras maletas en la cinta para tasarlas.
-Supongo que no querrás hablar de ello.- entramos en el avión y buscamos nuestro asiento.
-Gracias por entenderlo.- suspiré, quería cambiar de tema en seguida.- He aprendido que no hay que juzgar un libro por su portada.
-¿Qué quieres decir?- dijo acomodándose en su asiento.
-En la recogida de datos parecías frío y distante, ahora veo que eres todo lo contrario.- extendí la mesa del asiento de delante y dejé mi móvil.
-¿Gracias?- dijo riendo, haciendo que se me contagiara la risa.
Estuvimos hablando un rato, sobre los últimos partidos de baloncesto de la NBA y cosas así, hasta que ya no sabíamos que comentar. Era increíble que, aunque había dormido en casa de Harry y en el aeropuerto, aún tenía sueño. Di la conversación por acabada, cerré los ojos e intenté apoyar la cabeza en algún lugar del reposa-cabeza de aquel incómodo asiento. Di varias vueltas, buscando como ponerme, Josh me miraba divertido.
-Puedes apoyarte en mi hombro, si quieres.- dijo alisando la parte de la camisa que cubría su hombro, como si así lo hiciera más blando.
-Gracias.- sonreí tímidamente, tenía miedo a llenarle el hombro de babas, pero aún así, apoyé mi cabeza en su hombro, que resultaba musculoso, pero a la vez reconfortable.
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