viernes, 5 de julio de 2013

Capítulo XXVII ~

Me quedé sentada todo el tiempo frente el televisor, viendo el maldito documental de los delfines. ¿Era de todo el día? Viéndolo solo recordaba, Harry, Harry, Harry. Ese momento en que él me sujetó los mofletes y yo me aferré al cuello de su camiseta. Nunca debería de haber acabado, me di cuenta de que estaba sonriendo. Me levanté y fui al baño, me eché agua en la cara, a ver si así me despejaba. Levanté la vista y vi el perfume de Harry en el lavabo. Lo cogí y lo miré, no pude evitar la tentación de echármelo. Todo su olor corría por mi cuerpo. Lo olía feliz, era tan.. tan.. Harry. Mierda, eran las nueve y media, me tenía que duchar, pero se me iría el olor. Bah, después me volvería a echar más. Cogí uno de los albornoces de Harry y lo puse cerca de la ducha. Allí sólo había geles y champúes de hombre, pero no había otro. Empecé a ducharme, toda yo olía a Harry. No estaba disgustada por aquello, para que mentir. Salí de la ducha, decidí no lavarme el pelo ese día. Tenía un gran moño, para evitar que se me mojara el pelo, y al salir me lo solté. Me puse el albornoz y, antes de salir del cuarto de baño, me eché de nuevo el perfume. Salí del baño, derramando felicidad por mi olor a Harry. Daba saltitos de vez en cuando. Qué sed me había entrado de repente. Fui a la cocina y llené un vaso de agua, estaba bebiéndolo mientras caminaba al pasillo cuando escuché la puerta abrirse. Me giré a la puerta y Harry entró dejando el casco en la mesa de la entrada. Se quedó mirándome sonriendo.
-¿Ese es mi albornoz?- dijo acercándose cada vez más. 
-Sí, espero que no te moleste, es lo primero que te encontré.- cuando me di cuenta, Harry estaba a dos centímetros escasamente.
-¿Y llevas mi perfume?- se reía cada vez más.
-¿Qué? No.- me estaba ruborizando.- Es el olor de tu gel, no había otro.- agaché la mirada para que no viera como me ponía roja. 
-No pasa nada.- susurró.
-Tengo mucho sueño, me voy a dormir.- me fui por el pasillo.
-¿No vas a cenar?-preguntó.
-No tengo hambre.- dije entrando en mi habitación.-Buenas noches Harry.
-Buenas noches boba.- lo escuché decir antes de cerrar mi puerta.
Sonreí como una tonta y me quité el albornoz. Me puse el pijama y me metí en mi cama. La verdad, no tenía nada de sueño. Me quedé mirando el techo, recordando el beso. Había sido tan... perfecto y único. Ni por asomo era como los que había tenido con Kurt. Entre tanto pensamiento, me quedé dormida.





Me desperté aturdida de tanto dormir, miré, las doce de la mañana. ¡Las doce! Había quedado con Donna a las once y media, seguro que Harry también se había quedado dormido. Me levanté de un salto para ir a despertar a Harry. Entré corriendo, sin llamar a la puerta.
-¡Harry, nos hemos quedado dormidos!- para mi sorpresa, la cama ya estaba hecha y allí no había nadie.
Escuché risas en el salón, así que me volví y miré. Harry, Donna y Louis me miraban divertidos.
-Tú te has quedado dormida.-Harry se levantó sonriente de su sitio y me dio un beso en la cabeza.- Buenos días.
-¿Por qué no me has despertado?- en realidad mi pregunta era '¿por qué me has besado la cabeza?', pero me limité a preguntarle eso.
-Iba a hacerlo, pero te vi tan tierna que no fui capaz.- se encogió de hombros.
-Ve a vestirte dormilona.- Donna me señaló mi habitación.
Entré en mi habitación y me puse esto:

Salí subiéndome la cremallera de mis pantalones y dando saltitos para colocármelo bien. 
-Tan femenina como siempre.- dijo Donna con ironía cruzando los brazos.-¡Vayámonos!- le saqué la lengua.
Louis salió acompañado por Donna y Harry se quedó esperándome en la puerta. Pasé por su lado aún poniéndome bien los pantalones. Me quitó el gorro y se lo puso él.
-¡Devuélvemelo!- dije intentando cogerlo.
-¡Cógelo tú!- dijo riéndose.
-Quédatelo entonces.- crucé los brazos y fui fuera.
-Toma boba, no te enfades.- me puso el gorro en la cabeza, me cogió de la cintura por detrás y me abrazó. Me quedé anonada y sin reaccionar. Hasta que él me soltó y me adelantó entrando en el coche de Louis.
Por fin reaccioné y entré en el coche, Harry estaba a mi lado y delante iban Louis y Donna.
-Verás el vestido que te he cogido, es precioso.- Donna estaba super-emocionada. 
Louis movía la cabeza negativamente por el espejo, Donna se giró a verlo y él disimuló a la perfección haciendo como el que estiraba el cuello.
-Esta noche he dormido fatal.- remató la disimulación.
-Tu traje tampoco está nada mal Harry, mi boo tiene muy buen gusto.- dijo cogiéndole la mano a Louis. Mi hermana llegaba a ser irritantemente empalagosa con los apodos.
-Eso espero.- Harry se empezó a reír bajito, de manera que solo lo oía yo y se me contagió la risa. 
Louis aparcó en un delicado movimiento y apagó el motor del coche. Salimos y entramos en la tienda. Era enorme, y estaba hasta arriba de trajes de novios y de damas de honor y esmoquins. Donna se fue a hablar con la dependienta, y Louis, Harry y yo fuimos a los probadores. Pronto, Donna llegó acompañada de la dependienta que llevaba dos fundas de plástico enormes en las manos.
-Tome su traje.- le dio una de las bolsas a Harry. Después se volvió a mí.- Le ayudaré con su vestido, señorita.
Entré en el probador, me incomodaba que alguien que no conocía me viera en ropa interior. La muchacha resultaba muy familiar, pero no podía evitar sentirme incómoda. Era un vestido amarillo pollo, con grandes vuelos en la falda y muchos volantes, ni siquiera se me veía a mí.
-¿En serio tengo que ir con esto puesto?- le pregunté a la muchacha.
-Es lo que ha elegido la novia.- se encogió de hombros.
Resoplé y abrí la puerta del probador. Harry acababa de salir con un esmoquin negro que se ceñía a sus perfectas piernas. Llevaba una corbata y una rosa en el bolsillo de la chaqueta amarillas, a juego con mi vestido y una camisa negra. Pero a él le resultaba terriblemente bien. Después me miré a mí, tan estúpida con aquel vestido. Donna se dio cuenta de que había salido.
-¡Abbie! Estás....- ella también era muy orgullosa y no era capaz de reconocer que el vestido que había elegido era horroroso.- ¡Preciosa!- terminó por fin.
-Donna, es horrible.- dije levantando aquellos volantes que tenía toda la falda.
-Tonterías, te está de maravilla.- dio vueltas a mi alrededor.
-Cielo, yo tampoco creo que sea muy favorecedor.- dijo Louis sentado en una silla.
-¡Ves!- dije señalando a Louis.
-Él no sabe de moda, no lo escuches.- levantaba y bajaba los volantes.
-Pues el traje de Harry es precioso.- dije por fin, él me miró sonriente.
-Yo también creo que debería de escoger otro vestido.- dijo al fin la dependiente.- Y yo sí sé de moda.- cruzó los brazos y las dos chocamos los cinco. Esa muchacha me caía muy bien.
-¡Pues elegid vosotras!- Donna se sentó enfada como cuando era pequeña en una silla al lado de Louis, que le cogió la mano para tranquilizarla.
Las dos fuimos por toda la tienda, buscando un bonito vestido. Miramos por toda la tienda, hasta que por fin encontramos el adecuado:
Salí del probador y me subí a la tarima con cuidado, no sabía andar con tacones, ya que nunca me los ponía. ¿Para que quería ser más alta de lo que era? Me miré en el espejo y di unas vueltas para verme, la verdad, me encantaba. La dependienta había ido a su mostrador y le estaba colocando a Harry una corbata y una rosa roja. 
-¿Puedes ponerte a su lado?- le dijo a Harry, refiriéndose a mí.
Harry se puso a mi lado y yo le sacaba una palma con aquellos tacones, me sentí ridículamente alta. 
-¿No puedo ir con sandalias?-pregunté en un susurro, me avergonzaba ser tan alta.
-No me importa que estes más alta que yo.- dijo Harry sonriente.
-Pero a mí sí, me es incómodo. Demasiado.- dije poniéndome roja.
-Cielo, unas sandalias con ese vestido lo estropearían.- dijo ella apenada.- Pero podemos hacerles unos retoques al tacón y hacerlo más bajo y a él ponerle algo más de taco en los zapatos.
-¿Y por qué no puedo llevar sandalias?- yo era demasiado cabezona. 
-Está bien, te pondré unas sandalias además para el convite. Te las rebajaré.- dijo la muchacha yendo a otro extremo de la tienda, cogiendo una caja de sandalias. Después se fue al mostrador y llamó a Louis y a Donna para hacer el presupuesto. Me quité los tacones y me senté en la tarima. Odiaba ser tan alta. Resoplé fuertemente.
-Eh, soy muy bajito, ese es el problema.- se sentó a mi lado.
-Tú no eres bajito. ¡Yo soy muy alta!- gesticulé exageradamente con las manos.- Me odio.
-No deberías. Eres perfecta de pies a cabeza, tu altura no lo estropea, ¡lo mejora!

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